¿Te atreves a escuchar esta historia cuando cae la noche?
En lo más profundo de Soria, donde el viento sopla entre ruinas y los ecos del pasado aún susurran entre los árboles, se alza el Monte de las Ánimas... un lugar maldito, envuelto en leyendas y sombras. En esta narración del clásico de Gustavo Adolfo Bécquer, te invito a adentrarte en uno de los cuentos de terror más emblemáticos de la literatura española. Un relato donde el amor, la muerte y lo sobrenatural se entrelazan en una atmósfera inquietante y poética. Perfecto para escuchar a oscuras… si te atreves. Suscríbete si disfrutas de las narraciones de misterio, horror y literatura clásica. Dale play y déjate envolver por la niebla del monte... Narrado por Luis Rabadán. #ElMontedelasÁnimas #NarraciónDeTerror #Bécquer #LeyendaEspañola #CuentosDeTerror #LiteraturaGótica #RelatoNarrado #NocheDeTerror #Suspenso #Audiolibro #GustavoAdolfoBécquer25 julio 2025
23 junio 2011
29 abril 2011
15 julio 2010
Nada (Dames-Sanguinetti)
He llegado hasta tu casa...
¡Yo no sé cómo he podido!
Si me han dicho que no estás,
que ya nunca volverás...
¡Si me han dicho que te has ido!
¡Cuánta nieve hay en mi alma!
¡Qué silencio hay en tu puerta!
Al llegar hasta el umbral,
un candado de dolor
me detuvo el corazón.
Nada, nada queda en tu casa natal...
Sólo telarañas que teje el yuyal.
El rosal tampoco existe
y es seguro que se ha muerto al irte tú...
¡Todo es una cruz!
Nada, nada más que tristeza y quietud.
Nadie que me diga si vives aún...
¿Dónde estás, para decirte
que hoy he vuelto arrepentido a buscar tu amor?
Ya me alejo de tu casa
y me voy ya ni sé donde...
Sin querer te digo adiós
y hasta el eco de tu voz
de la nada me responde.
En la cruz de tu candado
por tu pena yo he rezado
y ha rodado en tu portón
una lágrima hecha flor
de mi pobre corazón.
¡Yo no sé cómo he podido!
Si me han dicho que no estás,
que ya nunca volverás...
¡Si me han dicho que te has ido!
¡Cuánta nieve hay en mi alma!
¡Qué silencio hay en tu puerta!
Al llegar hasta el umbral,
un candado de dolor
me detuvo el corazón.
Nada, nada queda en tu casa natal...
Sólo telarañas que teje el yuyal.
El rosal tampoco existe
y es seguro que se ha muerto al irte tú...
¡Todo es una cruz!
Nada, nada más que tristeza y quietud.
Nadie que me diga si vives aún...
¿Dónde estás, para decirte
que hoy he vuelto arrepentido a buscar tu amor?
Ya me alejo de tu casa
y me voy ya ni sé donde...
Sin querer te digo adiós
y hasta el eco de tu voz
de la nada me responde.
En la cruz de tu candado
por tu pena yo he rezado
y ha rodado en tu portón
una lágrima hecha flor
de mi pobre corazón.
25 abril 2010
Anoche vino a despedirse.
Anoche vino a despedirse. No recuerdo bien cuándo fue la última vez que lo vi, pero anoche vino a despedirse.
Estaba dormido, recargaba mi cabeza sobre el colchón, con las rodillas en el piso, me ganó el sueño y dormí, nomás, mirando a través de los ojos cerrados.
Anoche vino a despedirse, no hizo ruido, ni siquiera habló, sólo sonrió, y supe entonces que todo estaba bien, mis pulmones se llenaron de aire en ese momento, del mismo aire que él respiraba, y seguí soñando.
Con esa sonrisa me dijo todo. La sonrisa de siempre, la inigualable, la que remarcaba sus arrugas, las de tantos años. Se dibujó un atardecer en sus ojos. Yo creía volar y sonreía también, después de mucho tiempo.
Anoche vino a despedirse. Me levantó sin esfuerzo y me acomodó, me cubrió y nunca más sentí frío.
Se detuvo en la puerta, percibía su figura en el claroscuro de la habitación, perfecta, intacta; con sus fantasmas alrededor, con su aroma de tabaco dulce, con sus pantalones bien planchados y con el bolsillo de la camisa lleno de corazones inflamados.
Anoche vino a despedirse, mientras los demás no estaban, y temblé…
Grité para poder despertar, grité con el más profundo de mis silencios, con el alma ahogada en gotas de sal, con la imaginación vuelta realidad, nublada de historias, de encuentros… Se acercó de nuevo, me abrazó con todas sus fuerzas y sonrió otra vez, inolvidable, pero fugaz. Me besó la frente y me regaló el agua del mar, envuelta en papel de cartón. Dio la vuelta y se fue.
Anoche vino a despedirse, fue la última vez que lo vi. Pero dejó en mi camino estrellas, que brillan intensamente, que suspiran, que cantan todos los días; las guardo debajo mi piel, para no olvidar, para no llorar, para no despertar en la soledad, nunca más.
A mi abuelo.
Estaba dormido, recargaba mi cabeza sobre el colchón, con las rodillas en el piso, me ganó el sueño y dormí, nomás, mirando a través de los ojos cerrados.
Anoche vino a despedirse, no hizo ruido, ni siquiera habló, sólo sonrió, y supe entonces que todo estaba bien, mis pulmones se llenaron de aire en ese momento, del mismo aire que él respiraba, y seguí soñando.
Con esa sonrisa me dijo todo. La sonrisa de siempre, la inigualable, la que remarcaba sus arrugas, las de tantos años. Se dibujó un atardecer en sus ojos. Yo creía volar y sonreía también, después de mucho tiempo.
Anoche vino a despedirse. Me levantó sin esfuerzo y me acomodó, me cubrió y nunca más sentí frío.
Se detuvo en la puerta, percibía su figura en el claroscuro de la habitación, perfecta, intacta; con sus fantasmas alrededor, con su aroma de tabaco dulce, con sus pantalones bien planchados y con el bolsillo de la camisa lleno de corazones inflamados.
Anoche vino a despedirse, mientras los demás no estaban, y temblé…
Grité para poder despertar, grité con el más profundo de mis silencios, con el alma ahogada en gotas de sal, con la imaginación vuelta realidad, nublada de historias, de encuentros… Se acercó de nuevo, me abrazó con todas sus fuerzas y sonrió otra vez, inolvidable, pero fugaz. Me besó la frente y me regaló el agua del mar, envuelta en papel de cartón. Dio la vuelta y se fue.
Anoche vino a despedirse, fue la última vez que lo vi. Pero dejó en mi camino estrellas, que brillan intensamente, que suspiran, que cantan todos los días; las guardo debajo mi piel, para no olvidar, para no llorar, para no despertar en la soledad, nunca más.
A mi abuelo.
06 abril 2010
08 marzo 2010
Camino
Y cuando los pasos se oyen con más fuerza
cuando los pájaros se han ido a dormir pero saben que existes
es cuando debes reactivar tus células y decidir el camino
el que dicta el corazón
el que dicta el sentimiento y el futuro
cierra los ojos y abre las alas
que el tiempo no espera
cura tus heridas y flota en el espacio
nomás, como si fueras una pluma
que perdió su camino
pero que tiene forma y color
y que al final, sabrá a dónde llegar.
cuando los pájaros se han ido a dormir pero saben que existes
es cuando debes reactivar tus células y decidir el camino
el que dicta el corazón
el que dicta el sentimiento y el futuro
cierra los ojos y abre las alas
que el tiempo no espera
cura tus heridas y flota en el espacio
nomás, como si fueras una pluma
que perdió su camino
pero que tiene forma y color
y que al final, sabrá a dónde llegar.
29 enero 2010
Inmortal
Existe un río cuyas aguas dan la inmortalidad; en alguna región habrá otro río cuyas aguas la borren. El número de ríos es infinito; un viajero inmortal que recorra el mundo acabará, algún día, por haber bebido de todos.
Jorge Luis Borges.
El inmortal.
Jorge Luis Borges.
El inmortal.
26 enero 2010
velocidad (siqueiros)
04 enero 2009
mirada
Será para empezar a contar la verdad sobre los sueños y las coincidencias de la cotidianeidad.
Refresca la memoria, contabiliza los pasos emergentes de la vida.
Sacia el hambre y la nostalgia, de lo que apenas será... mañana.
El conteo de los días arranca y pareciera que estoy terminando de ver mi vida entera. Cierro los ojos y todo empieza a correr en reversa. Pero la música no se detiene, los pasos tampoco.
Por fin, la tinta se descongela, porque apareciste entre mis dedos, pero te esfumaste más rápido que la última vez.
Aun tengo esperanzas de recorrerte entera, como recorro el camino de estrellas que va contando los años de mi existencia.
Hoy, nací de nuevo, en este día frío... y tu, no estabas.
Decidí dejar de respirar, pero solamente logré ver el futuro, por eso abrí mis canales de nuevo y te dibujé, como la primera vez que te vi, esa vez que me quitó el sueño para siempre.
Me perdí cuando volví a escuchar mi suspiro en tus labios. Pero creo que todo es como un fantasma, que habita en la soledad más profunda, sin poder volver a tocar, ni lo tangible, ni lo perecedero.
Mi alma está en la fría plancha de la carnicería y venden los pedazos al por mayor. Pero mi cuerpo sigue inerte, esperando... esperándote... y tu ni siquiera has podido abrir los ojos.
Me voy al mar, a vivir en lo más lejano de su obscuridad. No para perderme, simplemente para poder reafirmar lo que siempre he sabido, incluso antes de saborearte, de leer tus letras y tus lunares.
Tengo tu mirada en mis manos (es sólo mía), será lo único que me guíe hasta el fin de la eternidad.
Hoy te beso la frente, aguardando para poder verte de nuevo, a la hora del desayuno.
Refresca la memoria, contabiliza los pasos emergentes de la vida.
Sacia el hambre y la nostalgia, de lo que apenas será... mañana.
El conteo de los días arranca y pareciera que estoy terminando de ver mi vida entera. Cierro los ojos y todo empieza a correr en reversa. Pero la música no se detiene, los pasos tampoco.
Por fin, la tinta se descongela, porque apareciste entre mis dedos, pero te esfumaste más rápido que la última vez.
Aun tengo esperanzas de recorrerte entera, como recorro el camino de estrellas que va contando los años de mi existencia.
Hoy, nací de nuevo, en este día frío... y tu, no estabas.
Decidí dejar de respirar, pero solamente logré ver el futuro, por eso abrí mis canales de nuevo y te dibujé, como la primera vez que te vi, esa vez que me quitó el sueño para siempre.
Me perdí cuando volví a escuchar mi suspiro en tus labios. Pero creo que todo es como un fantasma, que habita en la soledad más profunda, sin poder volver a tocar, ni lo tangible, ni lo perecedero.
Mi alma está en la fría plancha de la carnicería y venden los pedazos al por mayor. Pero mi cuerpo sigue inerte, esperando... esperándote... y tu ni siquiera has podido abrir los ojos.
Me voy al mar, a vivir en lo más lejano de su obscuridad. No para perderme, simplemente para poder reafirmar lo que siempre he sabido, incluso antes de saborearte, de leer tus letras y tus lunares.
Tengo tu mirada en mis manos (es sólo mía), será lo único que me guíe hasta el fin de la eternidad.
Hoy te beso la frente, aguardando para poder verte de nuevo, a la hora del desayuno.
13 octubre 2007
18 junio 2006
estrellas

Me encontré a un niño llorando. Lloraba porque perdió sus estrellas, que guardaba en un baúl de tejido, que se había roto, dejando sombras perdidas.
Le pregunté por qué eran tan valiosas esas estrellas, me dijo que con ellas había sembrado sueños que ningún hombre hubiera podido imaginar; había creado colores y texturas imperceptibles, con ellas había descubierto el fondo del mar y ellas le habían descifrado la forma de vivir en otro planeta.
De pronto el niño se levantó y no lloró más. Corrió hacia las montañas pisando marcos de arena, que desaparecían al instante, dejando un aroma nunca antes percibido.
Caminé en dirección contraria, mi dirección, consternado. No podía dejar de pensar en aquel niño, tan triste, sin estrellas.
Sin darme cuenta, llegué a un lugar donde había un gran árbol, que en vez de hojas tenía cristales, tan puros que permitían ver el futuro. Arranqué uno y lo observé; me envolvió tanto su brillo que ya no pude regresar a mi sitio, nunca más.
Ahora, vivo solo, con mi cristal. Me alimento de recuerdos, respiro oscuridad, y sólo escucho el silencio. He tratado de caminar y caminar, pero siempre llego al mismo lugar, rejuvenecido.
A veces creo soñar, veo humo, veo espacio, me aturden los colores, traspaso dimensiones, me fusiono, me transformo… y despierto. Me confundo.
Me he acomodado en un cráter desierto, arbitrario; me envuelve y vuelo. Es mío, así como este planeta entero, donde escondo los restos de sombras perdidas. Mi único anhelo es que cada tres mil años alguien camina junto a mí; le cuento de las estrellas que se me han ido.
Me alejo de alguien, creando estelas, cerrando espacios, desdoblándome, naciendo, librándome, viajando al infinito.
Ahora, sólo me queda observar a través del cristal; desprende un brillo que me protege y por el cual transmito sueños, espacio, colores…
Termino agotado, escondo demasiadas estrellas en el fondo del mar, me pierdo, me desintegro, camino… y al final sólo me queda sentarme a llorar.
20 abril 2006
la burbuja
pues parecería una premonición, el autoretrato, así fue ésta... ésta... la pasé colgado de la pared, inmóvil, ni siquiera me rozó el viento; sin señales de ningún tipo, de ninguna referencia, de ninguna intención, sin ese sincero mirar a los ojos... como un mudo vomitando miles de palabras; ni martirio, ni flaqueza, simplemente nostalgia, de no se qué, nostalgia de futuro, de pequeñas piedras incrustadas entre los dedos de los pies, no hubo hambre, no hubo pasión, ni ganas de aprender a volar... incluso creo que deje de respirar... tal vez no agarré la química, pues se me escurrió entre las yemas, entre los días; había más días, multiplicadas las horas, infinito el sueño. los primeros auxilios llegaron ya tarde, muuuy tarde, sólo quedaban las ganas de llorar, de gritar, pero seguía el mudo vomitando (y aún no encuentro las lágrimas)... premonición de la jornada de una vida, no mi vida, la vida de mis pies, de mi garganta; vida, encerrado en esta caja de madera, ésta, la que cada vez se incrusta más en mis costillas y la que no me va a dejar dormir nunca más... estoy cerrando la puerta, afuera hace un frío de 30 grados, mañana volveré a empezar...
18 abril 2006
13 abril 2006
23 marzo 2006
paredes de mármol
No sabía a quién o con qué me iba a encontrar, simplemente me dejé llevar y no pensé más en las consecuencias.
Iba en una sola fila de gente, entre paredes de mármol, obscuras e interminables. Tenía la certeza de que todos llegaríamos a un lugar distinto.
Seguía la procesión, unos detrás de otros, como si lo tuviéramos ensayado, no había angustia ni dolor, sólo un gran sentimiento de incertidumbre, nomás.
Salí de la fila y me desvié hacia una puerta que me llamaba. Me llevó a un salón a media luz, con largas cortinas y paredes de cristal, donde me esperaba el resto de mi familia. Se percibía el mismo ambiente, el que yo traía muy dentro en el corazón, una tranquilidad absoluta; todos platicaban. El lugar parecía todo menos un funeral. Fue justo eso lo que me dio a entender donde me encontraba.
De repente todos se levantaron de sus asientos y se pusieron de espaldas contra esas paredes de cristal, se hizo un silencio absoluto… comenzaron a salir personajes de entre aquellas cortinas largas, parecían disfrazados, no sé de qué; había uno por cada uno de nosotros. Cerramos los ojos al mismo tiempo, mientras ellos comenzaron a realizar una especie de viaje alrededor de nuestros cuerpos.
Poco a poco fueron adquiriendo las características físicas de múltiples personas, de diferentes edades, de texturas, de olores, de colores. Eran nuestros muertos.
Abrí un poco los ojos, el mío se hallaba como en un trance, como perdido entre millones de estrellas.
Se veían como ellos, respiraban como ellos, hablaban como ellos, traspiraban como ellos, sí... como nuestros muertos.
Cerré los ojos de nuevo, preferí no ver más, aunque era lo único que más deseaba hacer en ese instante de mi vida. Mi cuerpo se estremeció y no pude dejar de temblar… hacía mucho frío, al borde de lo insoportable… pensé que en ese momento también me moriría. El silencio todavía nos sumergía, se mantenía imperecedero, tangible.
Duró tan solo segundos, como ese instante antes de morir, en el que dicen, toda tu vida pasa enfrente de ti. Pero fue suficiente para conocer a todos esos fantasmas, que ahora fluyen en mi sangre, pero que nunca había podido percibir como ahora, tan reales. Sólo entonces, se volvieron parte de mi piel.
Todo se esfumó de repente: mis deliciosos farsantes, los vínculos, las cortinas, lo liso del piso, el frío, las miradas, el segundo de lucidez... la soledad.
Las paredes de mármol se habían transformado en nichos, uno para cada uno de nosotros, también. Contenían un hueco, un simple hueco, al que si te acercabas podías escuchar una voz, la más dulce que hayas podido escuchar y que podías guardar muy bien en la palma de tu mano, para llevarla contigo por el resto de la eternidad.
Iba en una sola fila de gente, entre paredes de mármol, obscuras e interminables. Tenía la certeza de que todos llegaríamos a un lugar distinto.
Seguía la procesión, unos detrás de otros, como si lo tuviéramos ensayado, no había angustia ni dolor, sólo un gran sentimiento de incertidumbre, nomás.
Salí de la fila y me desvié hacia una puerta que me llamaba. Me llevó a un salón a media luz, con largas cortinas y paredes de cristal, donde me esperaba el resto de mi familia. Se percibía el mismo ambiente, el que yo traía muy dentro en el corazón, una tranquilidad absoluta; todos platicaban. El lugar parecía todo menos un funeral. Fue justo eso lo que me dio a entender donde me encontraba.
De repente todos se levantaron de sus asientos y se pusieron de espaldas contra esas paredes de cristal, se hizo un silencio absoluto… comenzaron a salir personajes de entre aquellas cortinas largas, parecían disfrazados, no sé de qué; había uno por cada uno de nosotros. Cerramos los ojos al mismo tiempo, mientras ellos comenzaron a realizar una especie de viaje alrededor de nuestros cuerpos.
Poco a poco fueron adquiriendo las características físicas de múltiples personas, de diferentes edades, de texturas, de olores, de colores. Eran nuestros muertos.
Abrí un poco los ojos, el mío se hallaba como en un trance, como perdido entre millones de estrellas.
Se veían como ellos, respiraban como ellos, hablaban como ellos, traspiraban como ellos, sí... como nuestros muertos.
Cerré los ojos de nuevo, preferí no ver más, aunque era lo único que más deseaba hacer en ese instante de mi vida. Mi cuerpo se estremeció y no pude dejar de temblar… hacía mucho frío, al borde de lo insoportable… pensé que en ese momento también me moriría. El silencio todavía nos sumergía, se mantenía imperecedero, tangible.
Duró tan solo segundos, como ese instante antes de morir, en el que dicen, toda tu vida pasa enfrente de ti. Pero fue suficiente para conocer a todos esos fantasmas, que ahora fluyen en mi sangre, pero que nunca había podido percibir como ahora, tan reales. Sólo entonces, se volvieron parte de mi piel.
Todo se esfumó de repente: mis deliciosos farsantes, los vínculos, las cortinas, lo liso del piso, el frío, las miradas, el segundo de lucidez... la soledad.
Las paredes de mármol se habían transformado en nichos, uno para cada uno de nosotros, también. Contenían un hueco, un simple hueco, al que si te acercabas podías escuchar una voz, la más dulce que hayas podido escuchar y que podías guardar muy bien en la palma de tu mano, para llevarla contigo por el resto de la eternidad.
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